Un día tu silla va a estar vacía. La mesa, no.
Un seguro de vida no se compra por lo que cuesta al mes, sino por la cifra que va a llegar. Y esa cifra sale de cuentas: lo que se debe, los años que hay que sostener, lo que falta por pagar de la escuela.

Un millón, dos millones — números redondos que no salen de ningún cálculo. La suma correcta se calcula con tu vida real: las deudas que quedarían, los años de gastos que necesita tu familia, la educación que falta pagar. Ese número es distinto para cada persona y casi nunca es redondo.
Cómo trabajamos
Sumamos lo que quedaría pendiente —hipoteca, créditos, colegiaturas— y los años que tu familia necesitaría para reacomodarse sin bajar de nivel. A eso le restamos lo que ya existe: el seguro del trabajo, los ahorros, un negocio que siguiera produciendo. La diferencia es lo que hay que asegurar, y de ahí sale el plan.
Objeciones
La edad es lo que más encarece un seguro de vida: el plan que hoy cuesta poco, con los años cuesta cada vez más por la misma protección. Empezar joven es la única ventaja que no se recupera después.
Ese seguro es del empleo: termina cuando la relación laboral termina. En el diagnóstico revisamos qué cubre y si basta para lo que tu familia necesitaría.
Depende de tu etapa y de para qué es el dinero. Hay planes que sólo protegen y planes que además construyen un fondo; el segundo cuesta más por la misma protección. Los comparamos con números antes de que elijas.
Empecemos
Dinos quién depende de ti y qué deudas hay abiertas. Del número sale el plan, no al revés.
Preguntas sobre este seguro